La guerra había terminado. Nuestros héroes, luego de haber combatido valientemente con el cuerpo, el corazón y el alma defendiendo nuestras islas de aquellos invasores, fueron cargados en camiones, traídos al continente bajo un silencio absoluto y desolador. Como castigados por haber perdido.


Llegaron a Puerto Madryn, escondidos bajo frías lonas verdes, silenciados, sin poder decir una palabra. Los lugareños, movilizados por el gran despliegue del ejército, se acercaron tímidamente para ver qué era lo que esos camiones cargaban. Pero no se encontraron con armamentos alguno, ni con materiales de logística: debajo de aquellas lonas volvían los soldados, exhaustos de las islas Malvinas.


¿Qué hacer frente a ese escenario? El gentío comenzó a aplaudirlos, a preguntarles cómo se encontraban y qué necesitaban. Y la respuesta fue tan simple como desgarradora:
—Tenemos hambre, queremos algo para comer.


¡Habían defendido la Patria! ¡Nuestras islas! Pusieron el cuerpo, el alma por ellas, y esos niños —casi jóvenes de 17, 18 años— eran ocultados, con hambre, pidiendo apenas un pedazo de pan.
Ese deseo generó que toda la ciudad se movilizara. Vecinos, panaderías, todos quisieron, de alguna manera, cumplir el deseo de aquellos soldados: llevar un trozo de pan a la boca, engañar un poco a esos estómagos vacíos.


Madryn, en ese momento, fue mamá. Esa mamá que ellos tanto extrañaron en las islas. Madryn fue protectora de los soldados, los alimentó de tal forma que la ciudad entera quedó sin pan. Todo fue destinado a nuestros soldados, a nuestros héroes eternos. Madryn realizó un acto de amor inmenso.
El pueblo los cobijó, los protegió del olvido, los acunó, los honró como no lo hicieron sus superiores. Contaron su historia, muy diferente a la que por estos lares se conocía.


Cada 2 de abril debemos recordar que a las islas fueron jóvenes, con mucho miedo, pero con una valentía y un amor por la Patria mucho más grande. A las islas las defendieron pibes de apenas 18 años, con el alma y el cuerpo. Pibes a los que buscaron silenciar, ocultar, para que el pueblo olvidara. Pero el pueblo no olvida.
Porque hay gestos que vencen al tiempo. Porque hay pueblos que enseñan lo que significa la palabra Patria. Y porque aquel día, en el sur del sur, cuando el pan no alcanzó, alcanzó algo mucho más grande: la dignidad, el abrazo y la memoria.


Que nunca falte el pan en nuestras mesas, pero sobre todo, que nunca falte el recuerdo. Que nunca falte la voz para nombrarlos, ni el corazón para honrarlos.
Porque mientras haya memoria, ellos seguirán volviendo… pero esta vez, para quedarse para siempre en el lugar que merecen: en el alma de todo un pueblo.

Analía Mondino

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